A las ocho de la mañana, cuando abren sus puertas, el Parque de María Luisa todavía es de los sevillanos. Un hombre mayor da de comer a los patos, dos corredoras pasan por la avenida de palmeras, un jardinero riega una glorieta de azulejos. Huele a tierra mojada y, en primavera, a azahar. Dentro de un par de horas llegarán los grupos camino de la Plaza de España, pero ahora el parque está en silencio, y es entonces cuando se entiende por qué tanta gente de aquí dice que es su lugar favorito de la ciudad.
El Parque de María Luisa es el gran jardín histórico de Sevilla: más de 34 hectáreas de paseos, fuentes, glorietas y árboles de medio mundo, entre el río y el centro. Te lo cuento como se recorre, de su origen a sus rincones, con todo lo práctico dentro del camino.
Unos jardines que regaló una infanta
Este parque fue, durante el siglo XIX, el jardín privado de una familia. Pertenecía al Palacio de San Telmo, la residencia sevillana de los duques de Montpensier, que tenían aquí sus jardines de recreo, con estanques, árboles exóticos y caminos para pasear lejos del ruido de la ciudad.
En 1893, ya viuda, la infanta María Luisa Fernanda de Borbón cedió buena parte de esos jardines a Sevilla. Es un gesto que la ciudad nunca olvidó: el parque lleva su nombre desde entonces. Tras la cesión vinieron años de transformación, y en 1914 el parque se inauguró como espacio público.
Si caminas desde San Telmo hacia el interior, todavía puedes imaginar aquel origen: los grandes árboles centenarios, los rincones escondidos, la sensación de jardín privado que se abre poco a poco a quien lo recorre.
El sello de Forestier: un jardín romántico con alma andalusí
El parque que conocemos se debe, sobre todo, a un paisajista francés: Jean-Claude Nicolas Forestier. Entre 1912 y 1922 redibujó el antiguo jardín y lo convirtió en un jardín romántico de inspiración hispano-árabe. Miró a la Alhambra y al Real Alcázar y trajo a Sevilla su idea del agua, las fuentes bajas, los estanques y los paseos geométricos, mezclada con la libertad de los jardines románticos franceses.
El resultado es un parque que no se parece a ningún otro: avenidas largas y rectas que de pronto se abren a una glorieta, setos que esconden bancos de azulejo, fuentes que suenan antes de verse. Recorrerlo es ir encontrándose cosas. Por eso merece la pena guardar el móvil y dejarse llevar sin un plan demasiado cerrado.

La Sevilla de 1929, glorieta a glorieta
El gran momento del parque llegó con la Exposición Iberoamericana de 1929. Sevilla quería presentarse al mundo y el parque fue su escaparate: a su alrededor y dentro de él se levantaron la Plaza de España, la Plaza de América y buena parte de los pabellones que todavía hoy definen esta zona de la ciudad.
Las glorietas son el gran tesoro del parque. Son pequeños espacios circulares o rectangulares, con bancos de cerámica, fuentes y homenajes a escritores y personajes. Las más conocidas están dedicadas a Gustavo Adolfo Bécquer, el poeta sevillano, y a Cervantes. Dedica unos minutos a cada una que encuentres: los azulejos cuentan historias, reproducen escenas y versos, y casi todas tienen algo que descubrir si te sientas un momento.
Por su valor, el parque está declarado Bien de Interés Cultural en la categoría de Jardín Histórico. No es solo un lugar bonito: es una pieza clave del patrimonio de Sevilla.
Los rincones que buscan los sevillanos
Hay tres lugares del parque que casi todo el mundo acaba buscando, y cada uno tiene su encanto.
La Isleta de los Patos es un pequeño estanque con una isla en el centro, donde viven patos y otras aves. Es el lugar favorito de los niños y uno de los rincones más tranquilos a primera hora.
La Fuente de las Ranas es una de las imágenes más queridas del parque: una fuente rodeada de ranas que lanzan agua hacia el centro. Es pequeña, sencilla y entrañable, y forma parte de la memoria de muchas generaciones de sevillanos.
El Monte Gurugú es una pequeña elevación artificial con una cascada, desde la que se obtienen vistas elevadas del parque. Subir es un pequeño paseo y, arriba, el parque se ve de otra manera, con las copas de los árboles a tus pies.
Y entre unos y otros, las avenidas de palmeras y naranjos, que en primavera llenan el aire de olor a azahar, y especies vegetales traídas de todo el mundo, que convierten el paseo en un pequeño jardín botánico.

Un jardín botánico sin carteles
Una de las cosas que más sorprende a quien recorre el parque con atención es la variedad de árboles. Junto a las palmeras y los naranjos, típicos de la ciudad, crecen especies traídas de medio mundo, herencia de los jardines exóticos de los Montpensier y del gusto de Forestier por la vegetación exuberante. No hace falta saber de botánica para disfrutarlo: basta fijarse en los troncos, en las formas de las hojas y en cómo cambia la luz bajo cada copa. Es un parque que se mira hacia arriba tanto como hacia los lados.
Plaza de América: palomas, pabellones y museos
En el extremo sur del parque está la Plaza de América, uno de los rincones más fotogénicos de toda la ciudad. La rodean pabellones de la Exposición de 1929 y está llena de palomas, que forman parte del paisaje y hacen las delicias de los niños.
Aquí están dos de los museos de Sevilla. En el Pabellón Mudéjar, el Museo de Artes y Costumbres Populares, con una de las colecciones de cerámica popular más completas de Europa. Enfrente, el edificio del Museo Arqueológico, que ahora mismo está cerrado por una reforma integral. Si tienes una hora, entra en el primero: es el complemento perfecto del paseo.
La hora en que el parque es de los sevillanos
El parque abre todos los días de 8:00 a 24:00, según la información turística oficial, y la entrada es libre. Pero no es lo mismo a cualquier hora.
A primera hora es de los vecinos: corredores, gente paseando al perro, jubilados en los bancos. La luz entra baja entre los árboles y el parque huele a riego. Es el momento de hacer fotos sin gente y de sentir el lugar tal como es.
A media mañana llegan los visitantes, sobre todo hacia la Plaza de España, y el parque se anima. A mediodía, en verano, la sombra de los árboles lo convierte en uno de los pocos refugios agradables de la ciudad, aunque conviene no alejarse de ella. Y al atardecer vuelve a cambiar: familias, parejas, coches de caballos y una luz dorada que hace brillar los azulejos.
Puedes recorrerlo a pie, en bicicleta o en coche de caballos. Andando es como mejor se descubren las glorietas; en bici se cubre más terreno; el coche de caballos es la opción más clásica, aunque también la más turística.
Un paseo de una hora, sin prisa
Si es tu primera vez, este recorrido funciona muy bien. Entra por la zona de San Telmo, el lado más cercano al centro, y adéntrate por las avenidas de palmeras. Busca la Glorieta de Bécquer, sigue hasta la Isleta de los Patos y sube al Monte Gurugú para ver el parque desde arriba. Baja hacia la Fuente de las Ranas y termina en la Plaza de América, con su cielo lleno de palomas. Desde ahí, la Plaza de España queda a un paseo corto.
Con calma, sin entrar en museos, es una hora larga. Si añades el Museo de Artes y Costumbres Populares y la Plaza de España, cuenta con media mañana.
Por dónde salir: hacia la Plaza de España o hacia el río
El parque está rodeado por la Avenida de Portugal, la Avenida de la Borbolla, la Avenida de Eritaña, el Paseo de las Delicias y la Avenida de María Luisa. Desde la Catedral se llega andando en unos 15 o 20 minutos, pasando junto a San Telmo; la parada de metro y tranvía de Prado de San Sebastián queda a unos diez minutos de la zona de la Plaza de España.
Al terminar, tienes dos salidas naturales. Hacia el este, la Plaza de España, que merece su propia visita. Hacia el oeste, el Paseo de las Delicias y el río, por donde puedes volver al centro caminando junto al Guadalquivir hasta la Torre del Oro.
Y si te quedas con ganas de más verde, en nuestra guía de los parques y jardines de Sevilla tienes los Jardines de Murillo, el Parque del Alamillo y otros rincones para seguir.
El jardín que Sevilla le debe a una infanta
Hay parques que se cruzan y parques que se habitan. El de María Luisa pertenece a los segundos. Ve temprano, siéntate en una glorieta, escucha las fuentes y deja que pase el tiempo. Cuando llegues a la Plaza de América y las palomas levanten el vuelo, entenderás por qué este jardín, que un día fue privado, es hoy el lugar más querido de la ciudad.
Datos revisados en octubre de 2026. El horario puede variar en verano o por actos en el parque: compruébalo antes de ir.
Preguntas frecuentes
Abre todos los días de 8:00 a 24:00, según la información turística oficial. La entrada es libre.
Una hora larga para los rincones principales sin prisa. Si añades la Plaza de España y el Museo de Artes y Costumbres Populares, cuenta con media mañana.
Las glorietas, como la de Bécquer, la Isleta de los Patos, la Fuente de las Ranas, el Monte Gurugú y la Plaza de América con sus museos.
Por la infanta María Luisa Fernanda de Borbón, que en 1893 cedió a Sevilla buena parte de los jardines del Palacio de San Telmo.
El paisajista francés Jean-Claude Nicolas Forestier, que entre 1912 y 1922 lo convirtió en un jardín romántico de inspiración hispano-árabe.
Sí. Se puede recorrer a pie, en bicicleta o en coche de caballos.
Sí. Está declarado Bien de Interés Cultural en la categoría de Jardín Histórico.
